HEMEROTECA 7: LA FALSA MUERTE DE LA TORTAJADA (1904)

Scan10025 xPor una curiosa circunstancia, una agencia de prensa extranjera dio por muerta a Consuelo Tamayo la Tortajada en 1904. El primero que da cuenta en España del suceso fue el diario Heraldo de Madrid el 2 de abril, siendo Luis Bonafoux (1855-1918), su corresponsal en París quien transmite la noticia: “Desde Hamburgo telegrafían que la célebre bailarina española la Tortajada ha muerto, víctima de un ataque de apoplejía, en la estación de Klesterthor, en el  momento en que estaba sacando billete para trasladarse a un puerto, donde debía embarcar para Copenhague. La Tortajada, muy aplaudida en París, era estimadísima en Londres, donde contaba por éxitos sus sesiones coreográficas”.

Dos días después, el mismo periódico preparó una especie de necrológica, exageradamente mordaz por parte del mismo cronista, en la que aprovecha además para arremeter contra la mujer española. Estaba visto que la virtud de Bonafoux, polemista hasta la saciedad, no era la de hacer amigos y, no en vano, le llamaban la Víbora de Asnières. Respetamos la errata tan generalizada que se cometía con el nombre artístico de la artista granadina, en este caso denominada “Tortojada”.

“París al día. La apoplejía de la Tortojada

“Ser bailarina y morir en viernes Santo, en una estación ferroviaria y de un ataque de apoplejía, es tener un fin verdaderamente trágico. Una bailarina apopléjica es un disparate. Morir de apoplejía una bailarina es una mueca de la carne, una pirueta de las mantecas. Y una bailarina que se permite el lujo de morir de apoplejía necesariamente tiene que [ilegible].

[…] de la Tortojada en esta ciudad, la indiqué que estaba un tanto mantecosa. Alta, bien formada, real moza, la Tortojada dejaba entrever la posibilidad de que, a poco andar, se le juntasen las mantecas. La mujer francesa conserva admirablemente las líneas del cuerpo porque desde niña lo cuida con esmero, como se cuida un capital llamado a dar buena renta.

Por lo general, las españolas después de la treintena, se convierten en sacos de patatas y en jergones de chanfaina, con los cuales no es posible salir a la calle sin dar a entender que se está de mudanza.

Como española de buena cepa, la Tortojada andaba poco y se embuchaba de agua. Malo, para conservar la armonía de las curvas, es el andar poco y despacio; pero mucho peor es el beber ese líquido insípido y profundamente ridículo, que arrastra toda clase de inmundicias entre arenosos canjilones. El agua despoetiza a la mujer.

A la vera de un “adorado tormento” que empieza una conversación amorosa colándose entre pecho y espalda una botella de agua fresca, capaz de helar la sangre de una mona recién llegada del Congo, no se puede desechar la idea de que ese “adorado tormento” tiene la barriga llena de sapos y culebras, y si consigue usted dominar tal pensamiento, se lo recuerda ella misma rodando las tripas de aquí para allá en una sinfonía de acordeón, que empieza no sé donde y termina en la boca, con inevitable alarma del espectador, que de un momento a otro espera tener que salir corriendo a atajar alguna cosa.

La Tortojada, que pudo conservarse esbelta, pudo también hacer fortuna. Pero así como trajo a París y Londres la tradición de beber agua, trajo también la tradición del “respeto a las buenas formas”, que está del todo reñido con la mundología de una actriz moderna. Me consta que la molestó mucho que dos compatriotas nuestros, muy chics, deseosos de obsequiarla por sus primeros triunfos, la convidasen a cenar; y a la carta, muy respetuosa, por cierto, que la escribieron, contestó uno amenazándoles con darles unos estacazos. ¿Por quién la habían tomado a ella?

Una bailarina con ruidos de acordeón por exceso de agua y con amenazas de estacazos por exceso de respeto a las buenas fo-o-or-mas [sic], no podía hacer gran fortuna, y no la hizo la Tortojada, aunque era guapa, muy guapa, y bailaba mucho mejor que otras compatriotas nuestras que están en el candelero de la fama.

Bailó como una burguesa y murió de apoplejía. Para ese viaje (al otro mundo) no necesitaba haber salido de España”.

Scan10031 xEl 12 de abril el mismo periodista residente en París arregla el entuerto, nombrando a Olga Viarda como la desafortunada protagonista de este acontecimiento. Debió ser una artista de tercer orden, con dudas de que fuera española, de la que es difícil encontrar noticia alguna salvo la de ese equívoco y fatal desenlace (ni de su muerte pudo ser la estrella principal) aunque, afortunadamente, de ella queda alguna que otra postal.

“Pues no contentas con tales infundios de carácter internacional, las Agencias vienen dedicándose a matar personas que gozan de buena salud. El otro día dio por muerta, desde Tolon, a Luisa Michel. La noticia fue telegrafiada por corresponsales españoles a Barcelona, cuyos periódicos comentaron una desgracia que no ha ocurrido a esta fecha. Días después, la misma Agencia dio por muerta, desde Hamburgo, a la Tortajada, y hoy la Prensa de París rectifica en esta forma:

          “Il y a eu confusion de personne dans le télégramme de Hambourg annonçant la mort subite, dans une gare, au moment de partir en tournée, de Mme. Tortajada, la célébre danseuse espagnole”.

Según la citada Agencia, el accidente no le ocurrió a la Tortajada –que, por lo visto, está viva y coleando-, sino a otra española, muerta súbitamente en la estación de Klosterbahnhof, tal vez de aneurisma roto al oír cantar esa estación. Y la española muerta, cantante en la escena del Hansa Theater, se llamó Olga Viarda.

¿Cómo telegrafiar eso, haciéndose eco de la Agencia? En primer lugar, Olga Viarda no suena a español. En segundo lugar, ¿quién nos dice que mañana mismo no telegrafíe la Agencia, desde Klosterbahnhof, que la muerta no es madame Tortojada, bailarina española, ni mademoiselle Olga Viarda, cantatriz española, sino doña Agatónica Pérez, vendedora de castañas asás en Madrid?”

[Para saber más de la Tortajada en este blog pulsa aquí].

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